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  • Foto del escritorAngel Gonzalez

Lo Divino, el caos, el azar y la imperfección en el esmalte

Actualizado: 9 jun 2023

El esmalte cerámico, con sus manchas y sus imperfecciones, nos ofrece un lienzo en el que el caos y el orden parecen entrelazarse en una danza ininterrumpida. Los patrones aleatorios, las marcas inesperadas, las burbujas y las grietas no son simplemente errores o defectos, sino más bien pinceladas de una paleta divina, recordatorios de la belleza inherente en lo imperfecto. Es en esta imperfección, en estos detalles únicos e irrepetibles, donde podemos ver un reflejo de la vida misma. La vida, como el esmalte, no sigue una ruta perfecta y predecible. Está llena de altibajos, de giros y vueltas, de manchas y marcas que la moldean y la definen. Estas "imperfecciones", lejos de ser fallos, son una parte esencial de lo que somos y de nuestra experiencia en este mundo. Y es en este caos, en esta aleatoriedad, donde podemos vislumbrar la divinidad. La divinidad, como lo demuestra la belleza aleatoria del esmalte, no necesita de la perfección para manifestarse. Se encuentra en el azar, en la imperfección, en la capacidad de encontrar belleza y significado incluso en los lugares más inesperados. Esta visión de lo divino no es un dios de perfección inalcanzable, sino más bien un dios de lo imperfecto, un dios que se manifiesta en el caos y en el azar, un dios que celebra la diversidad y la singularidad. Un dios que, como el esmalte cerámico, se revela en las sutilezas, en los detalles, en las variaciones y desviaciones que dan carácter y belleza a nuestras vidas. Este es un dios que no busca la perfección inmutable, sino que encuentra deleite en la transformación y el cambio, que celebra las fracturas que nos definen y nos diferencian. Las manchas aleatorias, los colores difuminados y los patrones inesperados en el esmalte son metáforas de nuestra existencia, reflejando los momentos de alegría y tristeza, las sorpresas y las decepciones, los encuentros y despedidas que forman el tapiz de nuestra vida. Y así, en cada trazo aleatorio, en cada mancha y fisura, encontramos un eco de lo divino, un susurro de esa fuerza misteriosa e insondable que impulsa y da forma a la existencia. Y a través de esta contemplación, somos invitados a mirar más allá de la superficie, a descubrir la belleza que se esconde en lo imperfecto, a abrazar el caos y el azar como partes integrantes de nuestra experiencia humana. Es en esta danza entre lo perfecto y lo imperfecto, entre el orden y el caos, donde encontramos la verdadera belleza, la verdadera divinidad. Es una belleza que no se busca, sino que se descubre, una belleza que se revela en los detalles, en los momentos, en las imperfecciones que dan vida y significado a nuestra existencia. El esmalte cerámico con sus manchas y su azar, nos ofrece una profunda y reflexiva metáfora de la vida y lo divino. Nos recuerda que la belleza y la divinidad no se encuentran en la perfección, sino en la imperfección, en la aleatoriedad, en el caos que da carácter y singularidad a nuestras vidas. Nos invita a abrazar nuestras propias imperfecciones, a ver en ellas no defectos, sino signos de nuestra singularidad y nuestra humanidad. Y a través de esta aceptación, nos permite vislumbrar la divinidad que se encuentra en cada uno de nosotros, en cada momento, en cada mancha y fisura de nuestra existencia.


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